En los últimos días ha circulado en diversos medios un informe que revela una realidad inquietante para América Latina: Rusia habría entrenado a más de 1.000 creadores de contenido, periodistas e influencers en la región para difundir narrativas alineadas con sus intereses geopolíticos.
Colombia figura entre los países señalados. Más allá del impacto mediático de esta información, lo verdaderamente relevante es comprender el alcance estratégico de este fenómeno y, sobre todo, la necesidad urgente de una respuesta institucional.
La desinformación ya no es un problema aislado ni espontáneo. Es una herramienta sofisticada de influencia, diseñada para operar de forma persistente sobre la opinión pública. El informe señala tácticas claras: manipulación emocional, selección sesgada de hechos, construcción de teorías conspirativas y amplificación de discursos extremos. Estas prácticas no solo distorsionan la realidad, sino que buscan erosionar la confianza en las instituciones y fragmentar el tejido social.
En el caso colombiano, el riesgo es particularmente sensible. El país atraviesa ciclos políticos intensos, con debates polarizados y un ecosistema digital altamente activo. En este contexto, la introducción de actores externos que incentivan narrativas divisivas puede tener efectos profundos. No se trata únicamente de propaganda internacional: estamos frente a la posibilidad de que se consolide una cultura de desinformación dentro del propio talento nacional.
Este punto es crítico. Cuando comunicadores, influencers o creadores de contenido locales adoptan —consciente o inconscientemente— estas dinámicas, se genera un fenómeno aún más complejo: la desinformación deja de percibirse como externa y se integra en el debate interno. Esto puede derivar en prácticas de competencia desleal en el ámbito corporativo, campañas de desprestigio contra empresas y empresarios, y, en el peor de los casos, en la manipulación del entorno político en momentos electorales clave.
Desde la perspectiva de seguridad, este escenario exige acciones concretas. Las agencias de ley y la Policía Nacional no pueden limitarse a observar. Es necesario avanzar en capacidades de monitoreo digital, análisis de redes de información y detección temprana de campañas coordinadas. La desinformación debe ser entendida como una amenaza híbrida, al mismo nivel que otros riesgos que afectan la estabilidad institucional.
Sin embargo, la respuesta no puede ser exclusivamente reactiva. También es fundamental construir una cultura de resiliencia informativa. Esto implica promover estándares éticos en la creación de contenido, fortalecer la educación mediática y generar conciencia sobre los riesgos de amplificar información no verificada. Colombia necesita proteger su ecosistema informativo no solo desde el control, sino desde la formación.
El desafío es claro: evitar que el país se convierta en terreno fértil para estrategias de influencia externa que, bajo la apariencia de contenido digital, buscan alterar la percepción colectiva. La desinformación no es solo un problema de comunicación; es un riesgo estratégico que impacta la seguridad, la economía y la democracia.
Hoy, más que nunca, Colombia debe anticiparse. Porque en la era digital, las amenazas no siempre cruzan fronteras físicas: muchas veces, ya están dentro


